miércoles, 6 de enero de 2010


“Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.

“El gran Gatsby” – Francis Scott Fitzgerald.

Las guerras médicas


“La felicidad se basa en la libertad y la libertad en el coraje”.
Pericles (Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso)
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"El programa de Jerjes es exactamente el opuesto al programa político tradicional griego. La ambición, el deseo de traspasar los límites hasta las últimas consecuencias, se opone a la idea de moderación, de respeto a los límites, propia de los griegos. El gobierno de un solo hombre excelso, que da paz y riqueza a cambio de sumisión, fue desterrado de Grecia muchos años atrás. Los griegos piensan ahora que los hombres prósperos y dóciles que viven bajo ese régimen político, son en realidad esclavos. Han abdicado de su voluntad para someterla a la voluntad de otro. El proyecto de imperio universal significa para los griegos esclavitud universal.

Los griegos han preferido agruparse para vivir en pequeñas comunidades, dentro de las cuales puede contar y servir la voluntad de cada uno de ellos. Viven en ciudades que respetan y aceptan que otras ciudades existan, sin intentar conquistarlas. Este es el único régimen político dentro del cual cada hombre puede tener libertad de acción y potestad para gobernar su destino. Esa libertad produce la vida feliz, la única digna de un hombre.

En este caso, en el choque de las dos culturas, la persa y la helena, lo que los griegos están defendiendo juntos frente al enemigo común es la libertad. No importan en este momento los matices. La incipiente democracia ateniense y la aristocracia espartana, junto con otras muchas ciudades griegas se unieron para defender su libertad, su libertad de acción política.

Si Esparta y Atenas hubieran tenido la posibilidad de pactar con el persa su rendición, las consecuencias prácticas habrían sido insignificantes. Las condiciones de Jerjes eran las siguientes: el pago de un tributo no excesivamente oneroso; conservación del tipo de gobierno que tuvieran ellos; y conservación y respeto por sus cultos y tradiciones propias. Las posibilidades de desarrollo y acción permitidas por el imperio persa eran amplias.

Esto era algo que los griegos sabían de sobra. A cualquier hombre práctico el pacto con los persas le habría parecido una ganga, en comparación con el enorme sacrificio en hombres y dinero que supuso la Segunda Guerra Médica. Sin embargo, este hombre práctico, después de calcularlo todo minuciosamente, se hubiera equivocado por completo. En cambio los que, deseando lo mejor para Grecia, aceptaron el riesgo y prefirieron la guerra, acertaron. Su esfuerzo se vio coronado por el éxito. Obtuvieron a cambio de ese sacrificio no sólo la libertad de la patria, sino también su riqueza y encumbramiento."
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Extraído del libro “Ideas y formas políticas. De la antigüedad al renacimiento” – Ana Martínez Arancón, Elena Casas Santero, Ignacio Casas Santero - 2004

“¿Y en qué parte del mundo, entre qué gente
no alcanza estimación, manda y domina
un joven de alma enérgica y valiente,
clara razón y fuerza diamantina?”
Espronceda
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"Hay apodos que ilustran no solamente una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive.La noche del 23 de junio de 1956, verbena de San Juan, el llamado Pijoaparte surgió de las sombras de su barrio vestido con un flamante traje de verano de color canela; bajó caminando por la carretera del Carmelo hasta la plaza Sanllehy, saltó sobre la primera motocicleta que vio estacionada y que ofrecía ciertas garantías de impunidad (no para robarla, esta vez, sino simplemente para servirse de ella y abandonarla cuando ya no la necesitara) y se lanzó a toda velocidad por las calles hacia Montjuich."
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“Últimas tardes con Teresa”. Capítulo 1. Juan Marsé.
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"Pijoaparte es un charnego, un murciano. Hoy ya ni se dice la palabra. Hoy sería un inmigrante del Magreb...O de América Latina"
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Extracto de la entrevista realizada por Juan Cruz a Juan Marsé (4-XII-2005) en EL PAIS.

“¿Quién ve a la entrada de la ciudad
la sangre vertida por antiguos guerreros?
¿Quién oye el golpe de las armas
y el chapoteo nocturno de las bestias?
¿Quién guía la columna de humo y dolor
que dejan las batallas al caer la tarde?
Ni el más miserable, ni el más vicioso
ni el más débil y olvidado de los habitantes
recuerda algo de esta historia.
Hoy, cuando al amanecer crece en los parques
el olor de los pinos recién cortados,
ese aroma resinoso y brillante
como el recuerdo vago de una hembra magnífica
o como el dolor de una bestia indefensa,
hoy, la ciudad se entrega de lleno
a su niebla sucia y a sus ruidos cotidianos.
Y sin embargo el mito está presente,
subsiste en los rincones donde los mendigos
inventan una temblorosa cadena de placer,
en los altares que muerde al polilla
en las puertas que se abren de repente
para mostrar al sol un opulento torso
de mujer que despierta entre naranjos
-blanda fruta muerta, aire vano de alcoba-.
En la paz del mediodía, en las horas del alba,
en los trenes soñolientos cargados de animales
que lloran la ausencia de sus crías,
allí está el mito perdido, irrescatable, estéril.”
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“De la ciudad” – Álvaro Mutis
"Estas páginas son un fragmento de las "Memorias Amables", que ya muy viejo empezó a escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don Juan admirable. ¡El más admirabe tal vez!.
Era feo, católico y sentimental."
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"En achaques de amor ¿quien no ha pecado alguna vez? Yo estoy íntimamente convencido de que el Diablo tienta siempre a los mejores. Aquella noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento de llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro. Yo cruzaba la terraza cuando una ráfaga violenta alzó la flameante cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que entonces pasó por mí. Creo que primero fue un impulso ardiente, y después una sacudida fría y cruel: La audacia que se admira en los labios y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia pintó el divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante: En el jardín y en el palacio todo era silencio. Llegué cauteloso a la ventana y salté dentro. La Santa dió un grito: Se dobló blandamente como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el rostro pegado a la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!..."
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Extraído de Sonata de Primavera - Ramón del Valle-Inclán
"El ciego Tiresias era el más celebre adivino de Grecia en aquellos tiempos. Algunos dicen que en cierta ocasión, en el monte Cilene, Tiresias había visto a dos serpientes cuando se estaban copulando. Al atacarle las dos serpientes, él las golpeó con su bastón, matando a la hembra. Inmediatamente Tiresias fue transformado en mujer y llegó a ser una famosa ramera; pero siete años más tarde acertó a ver la misma escena en el mismo lugar, y en esta ocasión recobró su virilidad dando muerte a la serpiente macho.
Cierta vez Hera reprochó a Zeus por sus múltiples infidelidades. Él las defendió sosteniendo que, de todos modos, cuando compartía el lecho con ella, ella pasaba un rato muchísimo más agradable, pues obtenía infinitamente más placer del acto sexual que él.
-¡Qué tonterías! - exclamó Hera.
Tiresias, que fue llamado para poner fin a la discusión basándose en su experiencia personal, respondió:
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Si el placer del amor en diez partes dividía
Tres por tres a las mujeres, una a los hombres daría.
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Hera estaba tan exasperada por la sonrisa triunfal de Zeus, que cegó a Tiresias; pero Zeus le compensó con visión interna, y con una vida extendida a siete generaciones"
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Extraído de "Los mitos griegos" - Robert Graves