“A ún ahora siento el siroco calentarme las mejillas, removerme las hojas de los cabellos. Reía, no sé que era. Con los ojos cerrados, con la boca seca, escuchaba mi sangre y sus inundaciones imprevistas. Y he aquí que el corazón me dio un salto de zorro bajo la mano, grité, supe que yo estaba en la tierra, con mi olor y mi muerte. Pero ya los compañeros me llamaban, ya corría por el campo, borrando bajo los talones las largas hileras de hormigas rojas.
Después todo fue diferente. Perdí los amigos uno a uno. Aprendí a ir con la gente de campo, a recoger la mostaza, las olivas, las limas: sólo para cansarme las manos, para poder dormir de noche. Aprendí el placer de las grandes caminatas nocturnas, cuando la luz de la luna inunda hasta rebosar el valle y es agradable acompañarse con las largas sombras que origina.
Ya no pasaba horas en el balcón inventando, en las nubes, carretas y yuntas de mulas resonantes de cascabeles; sino que paseaba solo entre dos márgenes del sendero repitiendo lentamente mi nombre hasta saciarme la boca. Desde entonces me perdura esta insensatez de los sentidos y un salírseme el corazón del pecho apenas llega el verano. Me parece que alguien, por tanto, un patrono despiadado, confunde adrede en mi camino horas falsas y horas inocentes. Así, al igual que quien anda a tientas jugando a la gallina ciega con desconocidos, bajo mis dedos desilusionados sólo sé encontrar monstruos.”
Fragmento del capítulo "Inseguridades de Orfeo” – “Perorata del apestado” – Gesualdo Bufalino.
Después todo fue diferente. Perdí los amigos uno a uno. Aprendí a ir con la gente de campo, a recoger la mostaza, las olivas, las limas: sólo para cansarme las manos, para poder dormir de noche. Aprendí el placer de las grandes caminatas nocturnas, cuando la luz de la luna inunda hasta rebosar el valle y es agradable acompañarse con las largas sombras que origina.
Ya no pasaba horas en el balcón inventando, en las nubes, carretas y yuntas de mulas resonantes de cascabeles; sino que paseaba solo entre dos márgenes del sendero repitiendo lentamente mi nombre hasta saciarme la boca. Desde entonces me perdura esta insensatez de los sentidos y un salírseme el corazón del pecho apenas llega el verano. Me parece que alguien, por tanto, un patrono despiadado, confunde adrede en mi camino horas falsas y horas inocentes. Así, al igual que quien anda a tientas jugando a la gallina ciega con desconocidos, bajo mis dedos desilusionados sólo sé encontrar monstruos.”
Fragmento del capítulo "Inseguridades de Orfeo” – “Perorata del apestado” – Gesualdo Bufalino.
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