“Y me decía que el verano había terminado, y junto con él mi gloria. Y que de tantas fiebres, y frases, y pañuelos empapados en lágrimas y sangre, pronto se habría consumido hasta el recuerdo, habían sido unas vacaciones, una flaqueza del corazón que quería prepararse a morir. Como todas las grandes pestes, también esta ínfima peste mía terminaba con una lluvia. Junto con el agua que manaba de mi pelo y me surcaba las mejillas, el mal se desprendía de mí, partía. Pero con él, todo resto de orgullo; con él, tal vez, la juventud. Mañana me esperaban otros caminos. Fáciles, ruidosos, comunes. La fe a medias, las falsas banderas. Me resignaría a ello, ¿qué otra cosa podía hacer? Puesto que la seducción de la nada era inútil, repugnándole al corazón por tantos indicios dejarse persuadir por ella. Y ni la infelicidad, con su amarga miel, me servía ya.”
Fragmento del capítulo “Sangre roja y lluvia negra” – “Perorata del apestado” – Gesualdo Bufalino.
Fragmento del capítulo “Sangre roja y lluvia negra” – “Perorata del apestado” – Gesualdo Bufalino.
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