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“La mayoría de los verdaderos individualistas son tolerantes con los gustos ajenos porque les traen sin cuidado y, como tienen sus propios valores, a menudo distintos de los de la escala «oficial», no chocan frontalmente con los diferentes a ellos, no pretenden imponerles por la fuerza las virtudes propias ni luchan a zarpazos por apoderarse de algo único cuyo mayor precio viene solamente de que lo quieren muchos. La gente más sociable es la que acepta el compromiso con los demás razonablemente, o sea: sin exageraciones. “
“Parto del siguiente punto de vista: creo que el Estado es para los individuos, no los individuos para el Estado. Me parece que los individuos tienen unos valores específicos que el Estado puede ayudarle a conservar pero no sustituir con sus ordenanzas; sobre todo, sostengo que el individuo (la persona moral y política, el sujeto creador, las mujeres y hombres cotidianos, del más bajo al más encumbrado) constituyen la auténtica realidad humana, de la cual provienen el Estado y las demás instituciones, pero no al revés. Esta actitud mía (puedes imaginarte que no la he patentado yo sólito, pero daré la cara por ella como si así fuese) recibe un nombre que para muchos es casi un insulto: individualismo. […]. Para empezar a despejar equívocos, quede claro que no entiendo por «individualismo» la actitud «antisocial», ni siquiera «antipolítica». Lo que digo es que el individualismo es una forma de comprender y colaborar con la sociedad, no la manía de creerse fuera de ella; y que es una forma de intervenir en la política, no el disparate de desentenderse de ella por completo. Aún más: es el desarrollo de la sociedad el que ha permitido y fortalecido la postura individualista. ¿Que en su nombre se han cometido y se cometen abusos? Pues ya queda dicho. Pero también algunas de las prácticas sociales más inhumanas, como la esclavitud, la tortura y la pena de muerte (siempre aprobadas por los partidarios del predominio de lo colectivo sobre los átomos individuales) han sido cuestionadas y abolidas allí donde los individualistas lograron decir la última palabra...”
“Lo que debe ser respetado en todo caso son las personas (y sus derechos civiles), no sus opiniones ni su fe. Ya sé que hay gente que se identifica con sus creencias, que las toman como si fueran parte de su propio cuerpo. Son los que berrean a cada paso: «¡han herido mis convicciones!», como si les hubieran pisado un pie a posta en el autobús. Ser tan susceptibles es un problema suyo, no de los demás. Estoy de acuerdo en que no es muy cortés llevar la contraria de modo desagradable al prójimo, pero se trata de una cuestión de buena educación y no de un crimen. Lo malo es que quienes se sienten «heridos» en sus convicciones creen por ello tener derecho a herir de verdad en la carne a sus ofensores. Ahí tienes el caso del escritor angloindio Salman Rushdie, condenado a muerte por fanáticos musulmanes a causa de unas páginas supuestamente blasfemas en uno de sus libros y que debe vivir escondido desde hace años. Hay personas que quieren parecer neutrales y dicen: «Hombre, la condena a muerte es una pasada, pero Rushdie no debía haber herido las creencias de los musulmanes porque esos señores tienen derecho a que se respeten sus doctrinas.» ¡Vaya disparate! ¡Como si «herir» a alguien en sus creencias fuera lo mismo que cortarle el cuello! ¡Como si la norma de buena educación que pide no meterse con lo que cree el prójimo fuese del mismo rango que el derecho a no ser asesinado por verdugos dementes! Sólo dos restricciones imagino al derecho a la libertad de expresión, característico por excelencia de la democracia (los griegos lo llamaban parresía, el hablar franco y sin cortapisas): primero, la abierta incitación al crimen, a la persecución contra las personas o contra sus medios lícitos de vida; segundo, la protección de la intimidad personal de cada ciudadano. Hasta el más público de los individuos tiene derecho a una esfera privada. Y el derecho a la información no justifica vocear las intimidades de nadie, porque no de todo tienen derecho todos a ser informados. Por lo demás, adelante.”
"En el fondo, los grandes totalitarismos de nuestro siglo (comunismo, fascismo, nazismo y los demás que vengan, si es que aún falta alguno) son intentos de simplificar por la fuerza la complejidad de las sociedades modernas: son enormes simplezas, simplezas criminales que intentan volver a algún beatífico orden jerárquico primigenio en el que cada cual estaba en su sitio y todos pertenecían a la Tierra Madre y al Gran Todo Común. El enemigo siempre es el mismo: el individuo, egoísta y desarraigado, caprichoso, que se desgaja de la acogedora unidad social (lo que un pensador bastante cruel, Federico Nietzsche, llamaba "el calor de establo") y se toma demasiadas libertades por su cuenta. Los totalitarismos siempre hacen burla de las libertades "formales o burguesas" que están vigentes en los regímenes más abiertos: las ridiculizan, demuestran su inoperancia, las consideran un simple engañabobos...¡pero en cuanto pueden acaban con ellas! Saben que a pesar de su aparente fragilidad, de su frecuente ineficacia, el unanimismo totalitario no puede coexistir con las libertades políticas elementales: si se las tolera, a la larga acaban con la autoridad de tanques y policías."
Extraído de "Política para Amador" - Fernando Savater
“Parto del siguiente punto de vista: creo que el Estado es para los individuos, no los individuos para el Estado. Me parece que los individuos tienen unos valores específicos que el Estado puede ayudarle a conservar pero no sustituir con sus ordenanzas; sobre todo, sostengo que el individuo (la persona moral y política, el sujeto creador, las mujeres y hombres cotidianos, del más bajo al más encumbrado) constituyen la auténtica realidad humana, de la cual provienen el Estado y las demás instituciones, pero no al revés. Esta actitud mía (puedes imaginarte que no la he patentado yo sólito, pero daré la cara por ella como si así fuese) recibe un nombre que para muchos es casi un insulto: individualismo. […]. Para empezar a despejar equívocos, quede claro que no entiendo por «individualismo» la actitud «antisocial», ni siquiera «antipolítica». Lo que digo es que el individualismo es una forma de comprender y colaborar con la sociedad, no la manía de creerse fuera de ella; y que es una forma de intervenir en la política, no el disparate de desentenderse de ella por completo. Aún más: es el desarrollo de la sociedad el que ha permitido y fortalecido la postura individualista. ¿Que en su nombre se han cometido y se cometen abusos? Pues ya queda dicho. Pero también algunas de las prácticas sociales más inhumanas, como la esclavitud, la tortura y la pena de muerte (siempre aprobadas por los partidarios del predominio de lo colectivo sobre los átomos individuales) han sido cuestionadas y abolidas allí donde los individualistas lograron decir la última palabra...”
“Lo que debe ser respetado en todo caso son las personas (y sus derechos civiles), no sus opiniones ni su fe. Ya sé que hay gente que se identifica con sus creencias, que las toman como si fueran parte de su propio cuerpo. Son los que berrean a cada paso: «¡han herido mis convicciones!», como si les hubieran pisado un pie a posta en el autobús. Ser tan susceptibles es un problema suyo, no de los demás. Estoy de acuerdo en que no es muy cortés llevar la contraria de modo desagradable al prójimo, pero se trata de una cuestión de buena educación y no de un crimen. Lo malo es que quienes se sienten «heridos» en sus convicciones creen por ello tener derecho a herir de verdad en la carne a sus ofensores. Ahí tienes el caso del escritor angloindio Salman Rushdie, condenado a muerte por fanáticos musulmanes a causa de unas páginas supuestamente blasfemas en uno de sus libros y que debe vivir escondido desde hace años. Hay personas que quieren parecer neutrales y dicen: «Hombre, la condena a muerte es una pasada, pero Rushdie no debía haber herido las creencias de los musulmanes porque esos señores tienen derecho a que se respeten sus doctrinas.» ¡Vaya disparate! ¡Como si «herir» a alguien en sus creencias fuera lo mismo que cortarle el cuello! ¡Como si la norma de buena educación que pide no meterse con lo que cree el prójimo fuese del mismo rango que el derecho a no ser asesinado por verdugos dementes! Sólo dos restricciones imagino al derecho a la libertad de expresión, característico por excelencia de la democracia (los griegos lo llamaban parresía, el hablar franco y sin cortapisas): primero, la abierta incitación al crimen, a la persecución contra las personas o contra sus medios lícitos de vida; segundo, la protección de la intimidad personal de cada ciudadano. Hasta el más público de los individuos tiene derecho a una esfera privada. Y el derecho a la información no justifica vocear las intimidades de nadie, porque no de todo tienen derecho todos a ser informados. Por lo demás, adelante.”
"En el fondo, los grandes totalitarismos de nuestro siglo (comunismo, fascismo, nazismo y los demás que vengan, si es que aún falta alguno) son intentos de simplificar por la fuerza la complejidad de las sociedades modernas: son enormes simplezas, simplezas criminales que intentan volver a algún beatífico orden jerárquico primigenio en el que cada cual estaba en su sitio y todos pertenecían a la Tierra Madre y al Gran Todo Común. El enemigo siempre es el mismo: el individuo, egoísta y desarraigado, caprichoso, que se desgaja de la acogedora unidad social (lo que un pensador bastante cruel, Federico Nietzsche, llamaba "el calor de establo") y se toma demasiadas libertades por su cuenta. Los totalitarismos siempre hacen burla de las libertades "formales o burguesas" que están vigentes en los regímenes más abiertos: las ridiculizan, demuestran su inoperancia, las consideran un simple engañabobos...¡pero en cuanto pueden acaban con ellas! Saben que a pesar de su aparente fragilidad, de su frecuente ineficacia, el unanimismo totalitario no puede coexistir con las libertades políticas elementales: si se las tolera, a la larga acaban con la autoridad de tanques y policías."
Extraído de "Política para Amador" - Fernando Savater
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